Mateo sabía que Valentina no podía seguir sola. Sus enemigos la acechaban, dispuestos a hacerle daño sin miramientos en cualquier momento. Sin dudarlo, tomó una decisión irrevocable y se dirigió a la majestuosa mansión de su abuela. Al cruzar el umbral, la anciana lo recibió con los brazos abiertos, sus ojos brillando de alegría.
—Mi querido nieto, ¿cómo estás? —preguntó con una sonrisa maternal.
—Abuela, estoy bien. Vine porque la situación se ha vuelto cada vez más peligrosa —confesó, bajan