Cuando Damián logró articular palabra, escupió hacia Mateo con voz cargada de veneno:
—Eres una miserable rata, un cobarde traidor.
Sus ojos ardían en llamas, devorándolo con la mirada. Mateo, lejos de intimidarse, dibujó una sonrisa fría y calculadora antes de dar un paso al frente.
—¿Traidor? —casi susurró, con un tono que helaba la sangre—. No tienes derecho de llamarme así. Lo que me hiciste desde niño fue mil veces peor.
Damián parpadeó mientras un destello de incertidumbre