Las palabras resonaron en mi mente, una convocatoria cósmica que dejó un vacío frío y hueco donde antes había estado la amenaza de un dios. Vengan por nosotros. El silencio que siguió fue una manta pesada y sofocante. El canto unido de desafío de la manada había muerto, reemplazado por una tormenta caótica de corazones en pánico y el olor punzante, agrio, del terror puro y absoluto. Ya no eran una manada; eran una manada de gacelas que acababa de alzar la vista y ver caer una estrella del cielo