El silencio que siguió a la disolución del Eco del Último Rey era distinto a la quietud opresiva que había plagado Profundis. Era un silencio limpio y vacío, como un lienzo en blanco tras una pintura oscura y caótica. Los cuatro permanecieron en el mausoleo; el peso de su odisea se asentó sobre ellos no como una carga, sino como una capa de una nueva y severa comprensión.
Elara sostenía el Fragmento de la Desesperación envuelto en una mano y la caja de plomo con el Acero Sombrío en la otra. Los