El portal que apareció en el borde del abismo de Profundis no era un desgarro en la realidad, sino un estallido de ella. Era un vórtice giratorio de colores imposibles: verde esmeralda, oro bañado por el sol, magenta vibrante y el azul profundo y rico de un cielo tropical. De él no emanaba el silencio frío del vacío, sino una sinfonía de vida. La cacofonía de mil aves invisibles, el zumbido bajo de incontables insectos, el goteo suave de la humedad sobre hojas anchas y un latido profundo y reso