Las puertas del templo se cerraron con un estruendo final y resonante que vibró a través del suelo de piedra. El sonido no fue el de madera y hierro, sino el de una cerradura encajando: una serie compleja de engranajes y contrapesos deslizándose a su lugar con la precisión de una araña de relojería.
El líder de los peregrinos, el hombre del bosque, extendió los brazos en un gesto de bienvenida que era cualquier cosa menos eso. —No tengan miedo —dijo, y su voz hizo eco en la nave—. Simplemente e