La escaramuza en el Cruce del Acueducto era un ballet brutal y silencioso. Los ciudadanos, impulsados por una rabia desesperada y recién recordada, luchaban como animales acorralados. Los drones, en contraste, eran una pesadilla de eficiencia. No reaccionaban con ira ni con miedo. Simplemente actuaban. Un dron esquivaba un trozo de hormigón lanzado, su ojo rojo rastreaba al agresor y, acto seguido, una extremidad salía disparada. Un rayo rojo abrasador, no de fuerza explosiva sino de un calor i