La oscuridad del túnel del mag-lev era una presencia física. Los presionaba, espesa y fría, rota solo por el estrecho haz de la linterna de Fen. El sonido de su huida frenética —el crujido de sus botas sobre el lecho de grava de la vía, la respiración agitada de Fen mientras cargaba a Mara, los pasos distantes y metódicos de los Purificados— era el único ritmo.
Kaelen tropezó, raspando su mano contra la fría pared de metal del túnel. La ráfaga psíquica lo había vaciado. Era un recipiente hueco,