El aire que los golpeó al cruzar el arco fue un impacto físico. Estaba cargado con el olor a tierra húmeda, óxido, ozono de conductos averiados y el aroma rancio y animal de demasiados cuerpos sin lavar hacinados en un espacio reducido. Pero bajo todo eso había un aroma nuevo, el perfume psíquico de un millón de almas desencadenadas: el toque agudo del miedo, la dulzura empalagosa de la alegría maníaca, el ácido amargo del resentimiento y el almizcle profundo y terroso del duelo.
La Ciudad Subt