El rugido de la multitud era una fuerza física, un viento caliente y fétido que olía a sudor y a una furia cruda y desenfrenada. El hombre sobre el cajón, su autoproclamado salvador, levantó un puño con el rostro convertido en una máscara de odio justiciero. —¡Atrapadlos! ¡Destrozadlos! ¡Que su silencio sea el primer sacrificio en nuestro nuevo mundo de sentimientos!
La multitud se lanzó hacia adelante, como una sola bestia de múltiples extremidades hecha de carne y frenesí. Detrás de ellos, de