El silencio en el carro era más pesado de lo que había sido el rugido de la multitud. Era algo denso, sofocante, lleno de los fantasmas de los sonidos que acababan de dejar atrás: los gritos, los sollozos, el impacto nauseabundo de la furia de la turba encontrándose con la lógica fría de los Purificados.
El motor del carro tosió y su zumbido se desvaneció en un débil lamento antes de morir por completo. Se deslizaron por inercia otros cincuenta metros en la oscuridad opresiva antes de que las r