El carro del mercader entró ruidosamente en la plaza principal de Veridia, su llegada anunciada por los sonidos familiares y caóticos de una ciudad en reconstrucción. Fen, que supervisaba la colocación de una enorme viga de madera para un nuevo pabellón de mercado, vio al hombre canoso saltar y recorrer la multitud con una urgencia frenética.
—¡Fen del Norte! —gritó el mercader, con la voz ronca por el camino—. ¡Un mensaje! ¡De parte de la Cronista!
El mundo se quedó en silencio para Fen. El ma