El granero era un santuario de paja y sombras. Durante horas, los únicos sonidos fueron el silbido del viento a través de los tablones agrietados y la respiración agitada de cuatro personas que habían asomado la mirada a un nuevo tipo de abismo.
Lira fue la primera en romper el silencio. Se incorporó, con el rostro iluminado por un jirón de luz lunar. En su mano sostenía el pequeño e intrincado engranaje que había extraído de la cerradura del templo. Le daba vueltas una y otra vez, con los dedo