El silencio que siguió a la sanación del mundo no fue una ausencia de sonido, sino una presencia. Era la quietud de un aliento contenido, de una historia esperando su puntuación final. Los cuatro permanecieron en el centro de las ruinas del Athenaeum, mientras el polvo de su victoria se asentaba a su alrededor como nieve fina y gris.
Ronan fue el primero en moverse. Caminó hacia Elara, sus pesadas botas crujiendo sobre los escombros, y se detuvo justo antes de llegar a ella. No la tocó, ni habl