La mañana en Oakhaven era exactamente como debía ser. La luz del sol entraba por la ventana de su habitación y las motas de polvo bailaban en sus rayos dorados. El aire estaba lleno de los gritos alegres de los niños jugando en la calle y del tintineo rítmico y distante del martillo del herrero. Era el sonido de un mundo en paz, un sonido por el que habían luchado y sangrado.
En la sala común de El Pony Pisador, el posadero, Borin, los recibió con una sonrisa que ya no era solo cortés, sino gen