El mundo era un silencio ensordecedor. Las motas de polvo bailaban en la cruda luz gris, cada una como un pequeño planeta en un universo que acababa de ser sacudido violentamente. Ronan se incorporó sobre una rodilla; su espadón yacía a su lado, con el filo mellado y sin brillo. Sus oídos estaban llenos de un pitido agudo y el aire sabía a ozono y magia rota. Vio a Kael, a tres metros de distancia, agazapado en posición de combate, sosteniendo sus cimitarras sin fuerza, con los ojos abiertos po