Cuanto más se acercaban a Veridia, más parecía el mundo perder su color. Los verdes vibrantes del bosque se desvanecieron hasta convertirse en un gris enfermizo y uniforme. El cielo, que alguna vez fue un lienzo de azul y blanco, se transformó en un perpetuo y opresivo techo de pizarra. El aire se volvió pesado, no solo por la humedad, sino por un peso psíquico palpable: la transmisión constante y monótona del Púlpito del Pesar.
Era una presencia que se filtraba en los huesos. Fen, siempre prag