La Biblioteca de la Encrucijada se convirtió en su sala de guerra improvisada. Durante dos días, apenas durmieron, acurrucados sobre los mapas de Silas mientras ella les suministraba un flujo constante de información y un café fuerte y amargo. El plan, forjado en la quietud de la biblioteca, era tan intrincado y peligroso como la ciudad a la que apuntaba.
—Aethelburg no tiene muros para mantener a la gente fuera —explicó Silas, señalando una serie de círculos concéntricos en el mapa—. Tiene fil