Los días que siguieron no fueron un desfile de victoria. Fueron un renacimiento lento, doloroso y caótico. Veridia, liberada del puño monolítico del Púlpito, no estaba sanando; estaba sufriendo una convulsión. La ciudad no era una sinfonía; era la sesión de afinación de una orquesta de mil instrumentos rotos, todos tocados al mismo tiempo.
En una pequeña plaza de mercado, una mujer gritó de repente, soltando una cesta de verduras al verse abrumada por el recuerdo de los primeros pasos de su hij