Pusieron tres días y cien millas de distancia entre ellos y la Ciudad Sumergida. El viaje fue una marcha silenciosa y lúgubre. El mundo se sentía diferente, quebradizo. El aire mismo parecía zumbar con una ansiedad de baja frecuencia, un tremor psíquico que emanaba del este.
Kaelen no había despertado.
No estaba simplemente inconsciente; estaba atrapado. Su cuerpo permanecía lánguido, su piel fría al tacto, pero sus ojos se movían rápidamente bajo los párpados cerrados, y a veces un gemido suav