El silencio que siguió a la implosión del Telar fue más pesado que cualquier sonido. Era un vacío, un espacio donde antes había estado el zumbido constante y artificial de la alegría, y ahora solo quedaba el pitido en sus oídos y el sonido entrecortado de su propia respiración.
Elina se incorporó del frío suelo de piedra de la galería. Cada músculo le dolía, como si hubiera recibido una paliza física. A su lado, Kaelen estaba acurrucado en posición fetal, temblando violentamente con los ojos ap