La fiebre de Kaelen remitió al cuarto día, pero no hubo piedad en ello. El calor fue reemplazado por una quietud profunda e inquietante. Ya no se sacudía ni gemía. Simplemente yacía allí, con la respiración superficial y los ojos abiertos pero vacantes, mirando la lona de la tienda como si observara un espectáculo de horror que nadie más podía ver. Era un fantasma en su propio cuerpo.
—No está mejorando —dijo Elina, con voz hueca. Había intentado hablarle, leerle pasajes de su crónica, incluso