La tarjeta de Monteluce no parecía capaz de sostener tanto peso.
Blanca. Sobria. De un cartón clínico demasiado limpio para una verdad tan sucia. Adriana la dejó sobre la mesa del archivo con una delicadeza que no nacía del miedo a romperla, sino de otra cosa: la sensación de que, si la movía demasiado rápido, iba a dispersarse el hilo preciso que Leon acababa de ponerles en la mano.
Franco no se sentó enseguida.
Damián había dejado café, un portátil abierto, dos carpetas de gastos médicos recu