La imagen borrosa no la siguió como un fantasma.
La siguió como una corrección.
Adriana la vio en el reflejo de la ventana del primer piso, en la superficie negra de la cafetera apagada, en el rectángulo tenue del portátil cuando Damián bajó el brillo y el archivo quedó apenas respirando sobre la mesa. No era la clase de prueba que permite llorar. Era la clase que obliga a pensar mejor.
Franco la dejó sola durante veinte minutos.
No por distancia emocional. Por método. Había aprendido ya que, c