Las reglas eran cinco.Franco las enunció de pie, con las manos en los bolsillos y la misma economía de movimiento con que hacía todo, como si hubiera descartado una versión más larga antes de que Adriana entrara en la sala.—Primera: el piso de arriba es suyo. El de abajo, de uso común en horas establecidas. La planta de operaciones, nunca.No hacía falta traducirlo: podía habitar el edificio, no el centro de la verdad.—Segunda: puede pedir lo que necesite a Damián entre las siete y las veintidós horas. Fuera de ese margen, la petición espera.Incluso las necesidades tenían horario de trámite.—Tercera: ningún dispositivo con conexión exterior. Si necesita comunicarse con alguien, lo discutiremos caso por caso.No solo aislamiento. También control sobre su versión.—Cuarta: las salidas del edificio requieren mi presencia o la de Damián. No hay salidas sin compañía.Tutela, pensó Adriana. La palabra exacta que su familia habría usado con mejores modales.—Quinta: si intenta escapar, n
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