El coche llegó puntual. Eso fue lo primero que notó Adriana.El chófer familiar siempre llegaba con unos minutos de margen, aparcaba en el lateral correcto y esperaba con el motor apagado. Ese coche estaba exactamente donde debía estar. El modelo era correcto. El color era correcto. El chófer, cuando salió a abrirle la puerta, tenía la postura correcta.Solo hubo un detalle mínimo fuera de sitio: el espejo retrovisor estaba orientado demasiado hacia el asiento trasero, como si quien conducía necesitara vigilar algo más que el tráfico.Adriana subió.Llevaba en la mano el pequeño clutch de seda que Beatrice también había elegido por ella, los pies le dolían por los tacones y, en algún lugar entre la costilla izquierda y el esternón, seguía clavada la frase de Franco Zanetti como una astilla.*Su madre no murió como le contaron.*No era solo la frase. Era el modo en que él la había dicho, sin tocarla, sin pedirle fe, sin ofrecerle consuelo. Y la voz seguía allí, demasiado nítida, como si
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