El Museo Oceanográfico abría a las nueve.
Entraron a las nueve y cuatro, cuando la primera oleada de turistas ya había ocupado las salas de planta baja y el personal de recepción había dejado de mirar la puerta para mirar sus pantallas. En Mónaco la invisibilidad era siempre una cuestión de timing. Ni demasiado temprano, que llama la atención por ausencia de ruido alrededor. Ni demasiado tarde, cuando la ciudad ya había decidido quién pertenecía a cada sitio.
Adriana conocía el museo antes de c