Dormí por pura necesidad.
Mi cuerpo se apagó como una vela sin aire, pero mi mente siguió encendida hasta el último segundo. Cada vez que cerraba los ojos, veía al intruso desplomándose a mis pies. La sangre en el mármol. El rosario girando en la bolsa de plástico. La mirada de Ciro abriéndome en canal.
Cuando desperté, la luz del sol ya entraba por la ventana. Me quedé unos minutos mirando el techo, con las manos sobre el estómago, sintiendo el vacío de quien ya no sabe en qué terreno pisa.
Me