La luz se colaba a través de las cortinas con una suavidad engañosa. Tala abrió los ojos lentamente, sintiendo que su cuerpo no le pertenecía del todo. Una pesadez inusual le oprimía el pecho, como si una sombra invisible se hubiese acurrucado sobre su corazón durante la noche.
Se llevó una mano al cuello con un gesto casi automático. Sus dedos tocaron el dije, colgando sereno en medio de su pecho. El metal estaba tibio. No caliente como cuando se ha estado expuesto al sol, sino tibio como si a