El viento del Sur no corta.
Acaricia.
Es más cálido que el del Norte, más limpio, como si jamás hubiera aprendido a oler a traición.
Tala camina descalza sobre la tierra húmeda del claro de entrenamiento. Cada paso es firme. Ya no arrastra el cuerpo. Ya no tiembla. La piel que hace una semana estaba abierta ahora luce lisa, apenas marcada por cicatrices pálidas que desaparecerán pronto.
Su vientre está intacto.
Protegido.
Vivo.
Cierra los ojos y respira profundo.
Allí está.
El escudo.
No como u