El amanecer llegó como un velo grisáceo, pesado, casi enfermo. Tala abrió los ojos sobresaltada, el corazón latiendo con violencia contra su pecho. Lo primero que sintió fue el calor extraño del dije: no ardía como antes, pero estaba tibio, pulsando débilmente, como si fuera un corazón ajeno incrustado en su piel.
Frunció el ceño al mirar alrededor. Estaba en su casa, recostada en el jergón, cubierta con una manta que no recordaba haber tomado. Un escalofrío le recorrió la espalda. Lo último qu