El amanecer llegó lento, casi pesado, como si el sol también dudara en asomarse sobre un territorio cargado de mentiras. Tala abrió los ojos sintiendo la piel arder. Allí, justo sobre el pecho, el dije brillaba con un resplandor apagado, y la marca que había dejado en su carne seguía enrojecida, como un recordatorio cruel de que estaba rodeada de enemigos.
Se incorporó despacio, controlando el dolor de las heridas recientes. Había sanado las más visibles con su don, pero en su interior la rabia