Oigo cómo cruza la puerta del baño a la carrera pero no consigo levantar la cabeza.
—Addison, nena, ¿qué pasa? —Parece aterrado. Se postra de rodillas delante de mí y me apoya las manos en los muslos.
Soy incapaz de hablar. Tengo un nudo en la garganta del mismo tamaño que el diamante de mi mano izquierda.
—¡Addison, por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado?
Me levanta la cabeza con suavidad y me busca la mirada. Su rostro está cargado de desesperación, mientras que el mío está cubierto de