El sonido del disparo destrozó el silencio de la noche y el de mi corazón. En cuanto la bala salió del arma, me lancé sobre mis pies. El suelo del despacho estaba frío y mi corazón tan caliente como el clítoris en medio de mis muslos. Recogí la ropa dispersa, la sudadera, el pantalón y la ropa interior rasgada, en un manojo patético y hui. No me detuve a saber si lo había matado. Supuse que sí, o que al menos le dejé claro el mensaje de que no era más su marioneta. Escapé como los cobardes, per