La oscuridad fue diferente esa vez. No era un mar apacible de seda y sueño inducido, sino un torrente furioso.
Sentía mi cuerpo ardiendo desde el centro, en una agonía química que me desgarraba cada célula, pero lo que me traía de vuelta no era el dolor físico; era una punzada en el alma. Busqué la presencia que me había anclado en las otras crisis, la mano firme de Dalton, su aliento familiar, pero no estaba.
Me había dejado sola.
Te prometo que volveré pronto... Recordé su última mentira, la