Sus brazos eran mi prisión y su boca mi perdición.
Me derrumbaba. Me derretía contra Darak en un torbellino de emociones prohibidas. Sabía que estaba mal. Tan mal. Él me había hecho un daño irreparable, me había arrancado a mi hijo, me había robado mi libertad, pero cada vez que sus labios tocaban los míos, el mundo exterior dejaba de existir. Se reducía a nosotros dos, a la furia y la pasión. Se reducía a entregarme a él sin reparos.
Por un momento pensé que podría jugar con la mente de Darak.