Dos años.
Dos años de estabilidad inquebrantable, tan densa y real que a veces temía que fuera solo un sueño y que despertaría entubada en una cama. Dos años de respirar sin el terror de una alarma de seguridad o el miedo a una recaída. Dos años en los que vimos a nuestro bebé crecer y aprender a caminar y aprender a hablar. Dos años en el que el cabello de Daisy llegó por debajo de sus hombros y volvió a sonreír como la niña que fue cuando la conocí.
La vida, increíblemente, se había deslizado