El olor a pólvora y cobre llenaba el despacho. Avery me había disparado casi a quemarropa y nunca me sentí tan vivo como en ese momento, con una pinza dentro de la carne buscando la bala.
Marcus, con la calma de un cirujano de campo, había improvisado una operación de urgencia. La bala, por suerte, solo había atravesado la masa muscular de mi hombro, un error de principiante. No estaba ni cerca de tocarme el corazón, y por la prisa con la que escapó tampoco reparó en rematarme.
—¿Contratacará,