Dejé a Mirakel al cuidado de mi equipo de seguridad de más confianza, en un ala blindada de la mansión.
No bastaba con reforzar la puerta; la sala era un búnker de acero y cristal antibalas. La sensación de tener que enclaustrar a mi propio hijo me repugnaba, pero la necesidad era absoluta. Mi furia, ese torrente caliente que me había llevado hasta el asaltante, se había enfriado abruptamente, dejando paso a una claridad brutal y helada. La frase del intruso, "Cain," no era un murmullo al azar.