MILA.
El Capitán me arrebató el teléfono de las manos con un movimiento rápido, arrojó la colilla de su cigarro al suelo y comenzó a escribir. Mis ojos, ansiosos se perdieron en la pantalla, leyendo cada palabra que tecleaba.
«Eso suena prometedor», respondió, con el ceño fruncido, esperando la respuesta de Sandro. Mis manos temblaban y el estómago se me retorcía, esperando que ese texto funcionara.
«Nada me encantaría más que estar a tu lado en estos momentos, pero me será imposible. Estos días el trabajo ha sido agotador desde la muerte del comandante; me temo que tendré que posponer mi descanso», fue su respuesta.
Sus palabras fueron un alivio. El Capitán y yo soltamos un suspiro de forma simultánea. Era la oportunidad perfecta para saber que era lo que estaba sucediendo en la comandancia. Tomé el teléfono y continué la conversación:
«Es una pena, bombón, de verdad. Pero confío plenamente en que mi policía favorito, hará todo hasta dar con los culpables. ¡Y estoy segura