Aceptando a mi demonio.
MILA.
Al día siguiente, el despertador sonó como de costumbre. Esta vez, el disfraz de Katya pesaba más de lo habitual; me costaba respirar bajo la piel de una mujer que ya no sabía si estaba suplantando o convirtiéndome en ella. No tenía ánimos de ver a Lucio, y mucho menos de compartir la mesa con el hombre que casi mata a Sandro.
Aun así, me obligué a bajar. Sasha me lo había advertido: Esto no era un trabajo al que podía renunciar. Ya no se trataba solo del contrato o del instinto de supervivencia; algo más oscuro se había enraizado en mi pecho. Un sentimiento retorcido que no lograba clasificar entre la obsesión y el amor, pero que me mantenía atada a él.
Llegar al comedor y no encontrar a Lucio en el trayecto fue un alivio efímero. Sasha ya estaba allí, impecable como de costumbre, bebiendo su café con una perfección que me resultaba insultante a esas horas de la mañana. Apenas iba a tomar asiento cuando Lucio irrumpió en el umbral haciendo que la tensión se sintiera en el