Aceptando a mi demonio.
MILA.
Al día siguiente, el despertador sonó como de costumbre. Esta vez, el disfraz de Katya pesaba más de lo habitual; me costaba respirar bajo la piel de una mujer que ya no sabía si estaba suplantando o convirtiéndome en ella. No tenía ánimos de ver a Lucio, y mucho menos de compartir la mesa con el hombre que casi mata a Sandro.
Aun así, me obligué a bajar. Sasha me lo había advertido: Esto no era un trabajo al que podía renunciar. Ya no se trataba solo del contrato o del instinto de su