Señora Montessori.
MILA.
—Marcos, Fabricio y el degenerado de Taylor... tres —enumeré, mi voz destilando un filo irónico mientras paseaba la mirada entre Tony y el capitán—. Si hay algún otro nombre que deseen agregar a la gloriosa lista amorosa de Katya, me gustaría saberlo de una vez por todas.
Tony carraspeó, incómodo, su nerviosismo chocando con la mirada impasible del capitán.
—No, ellos son los únicos en este entorno y Taylor ni siquiera cuenta —espetó Tony, cortante, como si la sola mención de otros nombres le resultara ofensiva a su juicio sobre la moral de Katya.
Enarqué una ceja con fingida sorpresa, deleitándome en su incomodidad evidente.
—¿Me estás diciendo que tiene más repertorio fuera de aquí? Vaya. Yo apenas llevo dos, contando a Sandro —expresé, dejando que una sonrisa maliciosa jugara en mis labios.
«Tres con Lucio», susurró mi conciencia, esa traidora voz interna que siempre llegaba para amargar la fiesta de mi superioridad moral.
—Dicen que la tercera es la vencida,