Ojos grises.
MILA.
En cuanto sintió mi humedad, se apartó de mí tras un mordisco letal en la oreja. Mi respiración, rota y agitada, fue la única señal de mi rendición. Sabía exactamente lo que era esto: un castigo, una enmienda a mi debilidad. Y aun así, me sentí extrañamente satisfecha. Satisfecha por el tormento, por la confirmación silenciosa de que mi cuerpo ya le pertenece y que solo mi orgullo me impide admitirlo.
Pero, sobre todo, este acto solo confirmó la sospecha que él ya carga como una insign