Castigo.
MILA.
Finalmente, se giró con una lentitud que me erizó el vello. Sus ojos ámbar me consumieron en un segundo, desnudando mi alma.
—¿Crees que besarte con un extraño favorece a nuestra farsa? —soltó al fin, su voz reducida a un susurro rasposo que vibró en su garganta—. ¿Te hizo sentir bien dejarme en ridículo frente a todos?
—Tú estabas con Catalina en las escaleras. Te vi, Lucio —le recordé, sintiendo cómo el veneno de los celos me quemaba la garganta y me nublaba el juicio.
Lucio soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor. Acortó la distancia con un paso depredador y me tomó del mentón, obligándome a sostener el fuego de su mirada. Se inclinó tanto que su aroma a whisky se mezcló con mi aliento.
—No la besé. Ella lo intentó, pero no sucedió —sentenció, y su voz ganó una profundidad que me hizo vibrar—. Porque a diferencia de ti, yo sé distinguir perfectamente entre una herramienta de trabajo y lo que realmente me importa.
Su pulgar rozó mi labio