Hambre.

MILA.

Sin embargo, entre la charla trivial y el intercambio de información vaga, escuché algo que me hizo arder la sangre: Lucio había sido un cliente frecuente de este lugar durante toda la semana. Ese era el motivo de sus regresos de madrugada.

La rabia me quemó la garganta, al recordar que mientras yo me la pasaba preocupada por su bienestar él estaba aquí, rodeado de senos llenos de siliconas y culos grandes. Mi furia alcanzó su punto máximo cuando vi a Catalina acercarse con una elegancia depredadora y tomar asiento en nuestra mesa. Sus ojos devoradores no se apartaban de Lucio, enviándole señales lascivas que él, con una calma exasperante, fingía ignorar.

Asqueada por el coqueteo descarado de esa mujer, intenté apartarme, pero Lucio, fiel a su instinto de posesión, cerró su agarre sobre mi cadera. Pegó sus labios a mi oído, invadiendo mi espacio.

—No irás a ningún lado sin mí —sentenció. Su voz era una orden absoluta

Sentí su aroma a alcohol y loción cara nublándome e
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