Casino.
MILA.
Salí de la habitación con las manos temblorosas. La chica de la servidumbre, que me había avisado que Lucio me esperaba, ya se había esfumado hacia la cocina. Lucio estaba al pie de la escalera, inmerso en una llamada.
Estaba impecable, vestido completamente de negro. Su piel trigueña lucía radiante. Las mangas de su camisa de seda estaban ligeramente arremangadas, dejando ver la musculatura de sus antebrazos, y los dos botones principales de su camisa estaban desabrochados, revelando un atisbo de su pecho, lo que le daba un aire salvajemente letal.
Comencé a descender las escaleras, mis tacones resonando suavemente. Cuando captó mi presencia, colgó la llamada de inmediato. Se quedó inmóvil, observando mi andar, con una expresión de admiración.
La chica de la servidumbre no se equivocó. Lo había dejado con la boca abierta. El poder de su reacción alimentó mi ego y mi obsesión por él. Tragué saliva mientras sus ojos me recorrían de pies a cabeza sin la menor discreción.
—Eres el