El verdadero regalo.
MILA
—¡No! ¿Por qué ahora? —musité, hundiéndome debajo de las cobijas como si pudieran ocultarme del mundo.
Solté el teléfono sobre el colchón, tratando de restarle importancia. No quería saber nada de él; se suponía que este era mi descanso, mi breve tregua de toda la tensión que su sola presencia me generaba. Me obligué a cerrar los ojos, forzando a mi mente a quedarse en blanco hasta quedarme completamente dormida.
Desperté tarde al día siguiente. No me extrañó que mi sobrino no hubiera saltado sobre mi cama para despertarme; era sábado, el único día en que el silencio reinaba en la casa hasta tarde.
Al incorporarme, el destello de la pantalla de mi móvil robo mi atención. Un mensaje de un número desconocido brillaba en la pantalla: «Esa detonación te dejó durmiendo como un angelito».
Rodé los ojos. Sabía de sobra que era el Capitán; nadie más tenía esa forma tan ocurrente de hablar.
«Muy gracioso», le respondí.
Al girarme, mis ojos se toparon con el otro teléfono,