El verdadero regalo.
MILA
—¡No! ¿Por qué ahora? —musité, hundiéndome debajo de las cobijas como si pudieran ocultarme del mundo.
Solté el teléfono sobre el colchón, tratando de restarle importancia. No quería saber nada de él; se suponía que este era mi descanso, mi breve tregua de toda la tensión que su sola presencia me generaba. Me obligué a cerrar los ojos, forzando a mi mente a quedarse en blanco hasta quedarme completamente dormida.
Desperté tarde al día siguiente. No me extrañó que mi sobrino no hubie