Entrega incompleta.
MILA
—Hola tía, ya no quiero que te vayas —susurra aún pegada a mi abrazo.
—Oh —sentí mi pecho romperse con su petición.
—Parece que a alguien le entró el sentimiento, estando lejos de casa —la voz de mi cuñado rompió el hechizo.
—Hola —dije correspondiendo a su abrazo.
—Que tal te fue —cuestionó en cuanto se apartó de mí.
«Pésimo», pensé.
—De maravilla —contesté contrario a mis pensamientos, en una sonrisa, mientras nos dirigimos al comedor.
Mi hermana me consintió, me atendió como si fuera su invitada especial. Cenamos como si todo estuviera bien, al menos para ellos lo está. Y ese es mi motor para darme el valor de mentirles en la cara fingiendo que todo está bien.
Al finalizar la cena, les mostré sus regalos. Sandro se sentó a mi costado en el sofá, y aunque la conversación era trivial, su cercanía era una chispa constante, su mano tibia acariciando mi piel bajo mi suéter despertaron mis instintos primitivos.
Pronto llegó la noche, mi hermana subió a los niños