—¿Estás… protegiéndome? —preguntó Serethia, desconcertada, mientras la calidez —ya conocida— se instalaba en su pecho.
Alec estuvo en silencio unos segundos, como si evaluara si debía responder. Al final, solo desvió la mirada y se impulsó con un leve movimiento, irguiéndose. Después, estiró la mano, tomando la de ella y, esta vez, sonrió de forma sincera.
—No tiene importancia mientras no te encuentres con ella —dijo, intentando hacerla olvidar todas las preguntas que sabía quería hacer, pero