Serethia se observó en silencio en el espejo de cuerpo completo. La imagen que le devolvió seguía viéndose enfermiza: su tono de piel, casi cadavérico —similar al del mármol—, parecía acentuarse bajo la luz que se colaba en la habitación, resaltando aún más la fragilidad de su cuerpo.
Por un instante, le costó reconocerse en aquel reflejo.
Sus labios apenas comenzaban a recuperar su color natural, aunque todavía se veían poco saludables. Parecía más débil de lo que se sentía, y ese pensamiento