Apretó más fuerte la pierna que rodeaba su cadera, hundiendo las uñas en la piel y arrancándole a la mujer un quejido de dolor mezclado con placer.
Siguió moviéndose entre sus piernas sin apartar la mirada, atento a cada pequeña reacción. No quería perderse ninguna de las emociones que se reflejaban en sus ojos violetas, ni el instante exacto en que se nublaban por el placer. Quería verlo todo, grabar cada uno de los movimientos de su rostro, por más leve que fuera, y guardarlo en su memoria.
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